Decía mi compañera Masus Oliver toda entusiasmada, que por fin está de vuelta una televisión pública y en valenciano. No te lo discuto querida, pero sí voy a aprovechar la ocasión de tu bienvenida par comentar dos o tres cositas a mi personal criterio. Insisto, personal y no por ello dogmático ni no discutible.

En primer lugar, yo no soy demasiado partidario de una televisión pública por autonomía. Primero porque considero que no estamos preparados en este bendito País para asumir que la televisión, naturalmente es entretenimiento, pero además es cultura, es educación. Y es lamentable que una televisión pública esté en la necesaria lucha del share (audiencia). Y más todavía que dependa del control político de la mayoría que gobierne y que ha sido en la extinta Canal 9 exagerado. A mí los mensajes de pública, plural, de todos, en boca política, no me convencen en absoluto y a las pruebas me remito. Ojalá esté equivocado y en esta segunda etapa me tapen la boca, pero permíteme que lo dude, amiga mía.

Programación. Casi  todos lo que censuraron duramente su desaparición, antes criticaban con mayor dureza la programación que tildaban de chabacana. Hoy ya he visto un programa que está basado en teóricamente el carácter “valencianet”. Y yo digo que el ser de pueblo no es razón. Hay en el pueblo honra. No hay razón en una tele pública para mirarse en el espejo de los programas telebasura que hoy se emiten y consiguen records de audiencia porque no queda demasiado lejos la incultura que se propició en tiempos tristemente superados.

Dinero. Es la línea roja de lo público. Como la sanidad. Sí, universal y pública, pero no por ello no controlada y mesurada. De todos es sabido que en la antigua televisión se disparaba con pólvora de oro. Al fin y a cabo pagaba “manero”.

En resumen. Yo estoy en actitud vigilante. Espero que sean nuevos tiempos de verdad en todos los sentidos. Y sí, me podrías decir que si no me gusta, cambie de canal. Pero es que resulta que esa televisión también la pago yo.