Yo, no soy mucho de banderas, vamos, que no me revolvería por el uso o no de ellas y sin embargo mi gran contradicción interna es que viajo fuera de este castigado país llamado España y veo banderas que adornan los jardines de las viviendas particulares y me produce una envidia sana, lo confieso. Y como soy futbolero he cambiado mi apreciación por el ímpetu y la pasión que, mano en el corazón, cantan el himno, las selecciones, previamente a un partido internacional. Claro, también, nosotros por no tener no tenemos ni letra. Ni tenemos un sentimiento arraigado de nación. Es más, muchas veces nos da cosa exhibir los colores de la bandera. Ejemplo de lo que somos: tuvo que ser el fútbol, ganar un mundial, para adornar los balcones con la rojigüalda y hacer que los chinos multiplicaran sus ventas.

Me cuentan que el 9 d, Octubre, a una chica que participaba en un acto institucional, se le pidió se quitara la pulsera porque “no tocaba” por no soliviantar a algunos.

Nuestra historia no muy lejana ha hecho estragos y en vez de aprender del pasado, estamos volviendo a él con enfrentamientos abiertos, algunos hasta peligrosos. Faltaba la situación catalana para que se desparramaran sentimientos de lo más encontrado. Sobre todo, me preocupa lo más cercano, nuestro territorio, contagiado por la vecindad de un problema que como siempre suele ocurrir a los políticos de turno se les ha escapado de las manos, por su ineficaz gestión habitual de conflictos como este. Ya ha pasado con la senyera, que si con franja azul, que si sin ella. Tampoco creo que la historia sea la base de los usos consiguientes. Porque los siglos, las épocas antiguas, eran habitados por gentes normalmente belicosas, que resolvían sus problemas a palos.

Por tanto y entendiendo que la memoria histórica con dosis de crueldad queda muy reciente, ha llegado la hora de adaptarnos a los nuevos tiempos. Y estos no pueden esconder que pertenecemos a un estado en el que la unidad no tiene porqué anular el sentimiento propio de ser y sentirse también valenciano, catalán, gallego o vasco etc. etc. Todo ello debidamente gestionado políticamente hablando, lo que no ha ocurrido y así estamos, en el peor momento desde que la democracia se consolidó y nos deparó tiempos de templanza, en plena “batalla” de banderas, de signos y de identidades cuando la casa está por barrer: más de tres millones de parados, o un 21% de la población en riesgo o en la pobreza, dependencia descuidada. Para qué seguir.